
Gambetas no podés tirar. Las soñaste todas las noches,
cabeza en la almohada, piyama que es camiseta; pero en la vigilia la cosa es
diferente, no sale, se complica; así que mejor dejáselas al Pocho, que no nació
en Boedo –igual que Romeo– pero le crecieron alas de grande. Y vuela alto,
junto a nosotros los Cuervos.
La Copa no la podés ganar vos solo. Aunque si pudieras, para
que nos ***** recontra bien las pelotas,
irías hasta la vitrina donde la tienen exhibida y la traerías a punta de
pistola, para fundir su metal (al tiempo que te tomás los genitales) y hacer un
busto del Padre Lorenzo Massa; porque todo bárbaro si la ganamos algún día,
pero qué me importa si la gloria –la verdadera, la que no se oxida– anida en
otro lado.
No le vas a hacer ocho goles a Juniors. Ni vas a decretar el
vigésimo sexto descenso de su hermano menor. Ni vas a silenciar atrozmente un
plumífero reducto como lo hizo Gonzalito, aquella noche de la que todavía
guardo resaca.
Vos, Hermano Cuervo, ingenioso e hidalgo quijote de mil
batallas, siempre supiste qué cosas podías darle a tu San Lorenzo querido. Fidelidad,
locura, sonrisas, lágrimas, pasión, amor... Y también qué cosas, por más
rebuscados que fueran los sueños, quedaban vedadas... Lo que jamás habías
soñado –hasta que un montón de locos lindos lo hicieron por vos– es que podías
devolverle el alma. Y darle el soplo de vida que lo haga inmortal.
Un metro. Dos. Medio (con un amigo). Un cuarto de metro (en
familia). Los que puedas, los que alcances a pagar –¡vamos que ya termina la
posibilidad de hacerlo en 36 cuotas!–, cada porción de Tierra Santa es tu
mundo, el de los goles que van a venir, el de un Correa ya grandecito e
imparable, el de un Bergessio con canas, el de Pipi como sea –pero infaltable–,
el de tu viejo llorando con nostalgia de tablón, el de tu vieja tejiéndote la
bufanda imbatible, el de tu hijo asombrado, pegado al alambre, porque acaba de
descubrir su nuevo amor, bajo el sol maravilloso de Avenida La Plata.
Imaginate las dulces avalanchas, abrazado al desconocido de
siempre, bañado de serperntinas, borracho de papelitos; pensá en el césped
surrealista, igualito al que pisaban Los Matadores; hacé tuyo el mismo barro
donde chapoteaban los Carasucias, ahí donde Buffa abre el surco del sudor
irrenunciable; y el arco del gol de taco –Sanfilippo a su hijo–, y la tribuna
que pateó tu abuelo, y el bar de Eduardo, siempre estoico, allá enfrente, donde
paramos un ratito antes de zambullirnos en el delirio. Viggo, sentado allá,
escribe un verso, encapuchado en su bandera.
No hay gol más importante, ni Copa más gloriosa, ni gambeta
más hermosa, ni orgullo más grande, que formar parte de esta leyenda. La
insuperable leyenda de San Lorenzo de Almagro, a caballo de su enésima utopía,
y sin dudas, la más linda. Dale un metro, o los centímetros que puedas, al
Ciclón de tus amores. Y que se haga el milagro, por obra y gracia del espíritu
Cuervo, allá en Roma, como en Boedo.
Editorial, edición impresa 244!
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