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lunes, 19 de noviembre de 2012

La columna del Hermano Cuervo

Edición impresa 238

Querrán saber si estuviste ahí


por Eduardo Bejuk

No sé cómo crujían los tablones, pero me lo contaron. Tampoco pude ver cómo se iban los hijos por José Mármol, antes del segundo tiempo, por si el Bambino les metía cuatro más. No supe del tranvía misterioso, ni de la tribuna de niños, no alcancé a escuchar el alarido por algún golazo de Sanfi ni me colgué del tirante que bajaba del cielo, como el canoso que me cuenta, entre lágrimas, de qué se trataba esa fiesta. Quizás vos tampoco, seguramente usted sí. Pero San Lorenzo no tiene épocas, porque todos los Cuervos somos el mismo. Entonces sé. Sé de qué se trata. El Urso que dejó la vida, el Mamucho que la lustraba, el Scotta que la desinflaba, el Pipi que la deja chiquita... y el canoso que llora, el nenito que balbucea las canciones, el pendejo que se tatuó el escudo, la madre que teje bufandas de azulgranado intenso, y te besa en la frente si gana el Ciclón. Todos son lo mismo, todos son el mismo. Cuervos. Cuervas. Delirantes. Fanas. Enamorados. Enfermos. Eternos. Hermosos. Todos somos San Lorenzo, porque San Lorenzo es esto. Una pasión que se renueva a sí misma, por amor, por tozudez, así que nadie tiene que contarnos por qué estamos todos acá, juntos, unidos, avalanchados, pegados en la Legislatura y Avenida La Plata, multitud de fieles que cubren de banderas las calles y los cielos. Es 15 de noviembre, como en un sueño, mejor que un sueño, y no hay fantasmas ni traidores que asusten. Hay un interminable río de brazos, sudor de camiseta, grito contenido que se suelta, porque soy yo y somos todos, más felices que nunca.

Yo peregriné sin rumbo fijo, por canchas antipáticas, por suelos extraños. Me banqué el descenso, puse el pecho por si venía otro, tragué saliva por la copita esquiva, fui más Cuervo en las malas que en las buenas, como me enseñaron de chiquito, siempre envuelto en el mismo trapo. Seguramente vos también, a los más pibitos les contaron. No importa. Todos saben, todos entienden. Y somos, en esta incontenible marea, todos el mismo, todos lo mismo. Y si tenés hijos, y si soñás nietos, sabrás que un día te preguntarán por éste, el día de la vuelta, del regreso irresistible, cuando el mundo recuperó una patria y vos, tu dignidad de Cuervo. Querrán saber si estuviste ahí, para estar ellos, a través tuyo, bebiendo tu relato. Querrán saber de los abrazos, los llantos, las promesas, los cantitos, el sabemos que vamo’ a volver a Boedo, de guapos, de Cuervos, los miles en todo el mundo que se suman porque somos uno, el mismo, irrepetibles. Querrán escuchar un episodio más de esta leyenda maravillosa, sin principio ni final, porque pareciera que San Lorenzo siempre existió y siempre estará, a pesar de los años y los momentos vividos. Porque el Gasómetro siempre estuvo y siempre estará, él también, revivido por la misma fórmula de siempre: el amor de sus hinchas, piel de Cuervo, alas de vuelo eterno. Millones que son uno, en el mágico barrio donde caben todos, metro cuadrado a metro cuadrado, y de donde no piensan irse jamás. Nunca más.

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